
Llegue a casa aproximadamente a las nueve con cuarenta y cinco minutos, ya me estaban esperando, por un lado mi hermano quien esperaba el coche pues tenía que reportarse con mi madre antes de salir a aquella aventura; y por otro, mis amigos quienes degustaban de una rica botella de J&B, y que inmediatamente me atendieron como si fuera un viajero que llega a casa después de recorrer el mundo. Esperamos en casa de Toño hasta las diez y media, hora en que los perros confirmaban su ida a Guadalajara, pues me enteré que horas antes habían declinado por el lamentable deceso de uno de sus primos. Pero ahora confirmaban su participación pidiendo de favor que les permitiéramos despedirse del difuntito quien yacía ya en un féretro de la colonia Olímpica.
Llegamos todo el escuadrón a la cita con la muerte alrededor de la media noche, los perros descendieron de la camioneta pidiéndonos el mismo acto solemne con que la muerte visitó a su primo, en silencio. Debo admitir que en la primera media hora todos guardamos compostura, habiendo ya en la camioneta, tres botellas de Red Label, un Absolut y varias botellas de cerveza Corona ninguno hizo un desaire, nadie se paró a servirse una copa ni mucho menos se hizo un comentario respecto al difunto. Pero aquella media hora se prolongó hasta la una de la madrugada con quince minutos, y fue entonces que todos completamente desesperados bien pudimos habernos llevado la camioneta, o destapar una burbujeante cerveza o degustado el güisqui y justo cuando alguien iba a actuar fervientemente, aparecieron los dos hermanos y sin hacer algún tipo de comentario, Bruno Perro puso la marcha de la Caravan así fue como empezó el viaje hasta Guadalajara.
La primera hora de viaje no fue relevante, varias copas de whisky amenizaron la carretera y lo único malo fue que no había posibilidad de escuchar disco alguno, pues la camioneta no tenia reproductor. Las copas de whisky me relajaron en demasía, me pusieron a pensar, y la chica de las piernas color arena saltó a mi mente, nunca le pedí que me acompañara hasta acá. Yo iba dispuesto a conocer a una tapatía y arrancarle, por lo menos, un espero volver a verte pronto, un cuando pueda iré a México a verte, o hasta un quédate conmigo y yo te mantengo. Todo esto pasaba por mi mente mientras que tabaco tras tabaco se consumía la carretera al igual que mi vaso se quedaba vacío inexplicablemente después de tres tragos.
Después de algunas horas de recorrer el gris asfalto, y de ver pura llanura alrededor, algunos focos de casas olvidadas por el tiempo, como luciérnagas expandidas por toda la noche, y carcomidas por la soledad de la autopista, el volante cambió de dueño, ahora Miguel Perrito era quien conducía, y con él, un nuevo copiloto, Daniel, o mejor dicho Jaimico, quien ya tenía una buena cantidad de copas de whisky a sus espaldas. Debo decir que en esta parte del trayecto, los demás ya sufrían los efectos del alcohol, y yo me preguntaba si estaban enfermos, pues en circunstancias normales estos pibes bebían como auténticos bárbaros en pleno October Fest. A la sexta parada al baño decidí que el alcohol no era suficiente para mi bienestar y consumí algo a lo que me gusta llamar mandioca, que es lo mismito que la cannabis sativa solo que me gusta adornarla con nombres de algunas plantas, por ejemplo, una ocasión me preguntaron qué era lo que fumaba, me limité a decir que una rosa, a lo que entre carcajadas hilarantes me dijeron: a poco eres de los que solo cagan rosas; tú no te tiras pedos, sino jazmines y claveles; yo musité una sonrisa y pensé en lo pendejo que había sido ponerle nombres de plantas a mis porros.
Sobre una carretera interminable, la alborada se asomaba a nuestras espaldas, el frente tenía bonitos tonos violáceos esparcidos en todo el firmamento y una gran cantidad de kilómetros con sólo llanura a nuestro alrededor, no como en México que estamos rodeados de un relieve de cerros y altozanos; aunque la velocidad de la Caravan era constante, el ver hacía el frente me provocaba un vértigo que me daba la sensación de ir, poco a poco, acelerando; a esta hora sólo nos manteníamos despiertos Miguel Perrito, que manejaba aburrido pues todo era línea recta, Jaimico quien sin equivocarme puedo decir que se había tragado ya dos botellas de Red Label y yo, que iba cómodamente sentado con una copa en la mano, un cigarro en la boca y una integración con el cosmos que pocas veces se sienten en la vida, fue como una forma de bienvenida a quienes nos habíamos aventurado a pasar la noche con el éter.
